Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el pasado 20 de agosto, en el Monasterio de Santa María de La Oliva, con motivo de la fiesta de San benito Claravel
Esta tarde nos ha traído hasta este Monasterio de Santa María la Real de la Oliva la figura de san Bernardo de Claraval. Padre de monjes, hombre de oración, maestro de la vida espiritual y enamorado de Cristo, cuya fiesta celebramos hoy.
San Bernardo entendió que la vida monástica no consiste en huir del mundo, como a mucha gente le parece, sino en entregarla. Una vida monástica es una vida que dice: «Señor, mi vida es tuya». Esto tiene una enorme fuerza testimonial, impacta retirarse a un monasterio y tener claro que el centro es Cristo. Porque el mundo necesita hombres y mujeres que recuerden que Dios merece la pena. Vuestra vida sigue siendo novedad, es original, y la gente no la desprecia, no la rechaza, porque se hace preguntas, se cuestiona. León XIV dijo: «El claustro no es un mero refugio del mundo, sino una escuela en la que se aprende a servirlo mejor». Esta es la clave: el servicio. Me retiro al monasterio para servir al mundo de otra manera, no para huir de él.
A veces esta vida de entrega, silencio y oración choca con la mentalidad actual y que León XIV denuncia en Dilexi Te. El papa propone un cambio de mentalidad en nuestra sociedad, parece que la felicidad es consecuencia de la acumulación de riqueza, del éxito social y del poder (cf. DT. 11). Vuestra vida, queridos monjes, da razón a las palabras de León XIV y dais sentido a superar la autoreferencialidad que criticaba nuestro recordado papa Francisco, cuando constantemente decís: “Señor, mi vida es tuya”, dejando de lado las aspiraciones materiales de nuestra sociedad. En un monasterio estas aspiraciones no tienen cabida y menos como lo define Benedicto XVI: “Los monasterios como oasis del espíritu” (Audiencia 10-8-2011). Son oasis de silencio, de oración, de belleza y de Dios.
San Pablo nos dice en la segunda lectura algo que podría parecer extraño cuando pensamos en la vida monástica: «Corro hacia la meta». El monje parece precisamente alguien que se detiene. Se retira del mundo. Vive una vida estable. Repite cada día ritmos semejantes. Ora en las mismas horas. Escucha las mismas campanas. Ve las mismas caras y escucha todos días las mismas voces. Vuelve una y otra vez a la liturgia, al trabajo, al silencio, a la lectio divina. Nada hace prever que el monje está corriendo.
San Pablo nos dice: corro. La vida espiritual nunca puede convertirse en rutina vacía. El monje, en su estabilidad, puede permanecer físicamente en el mismo lugar y, sin embargo, tener que caminar cada día más profundamente hacia Dios. No confundir el silencio con la inactividad ni la oración con la renuncia. La vocación contemplativa exige dinamismo, movimiento, conversión del corazón. La meta última de vuestra vida de monjes no es cumplir unos horarios y unos rezos, la meta última es Cristo. Entrar en este monasterio, vivir una vida contemplativa no es el objetivo, la meta es Cristo. Si tu vida de monje no te lleva a Cristo, abandona el monasterio.
El evangelio nos presenta el ideal de la vida monástica, de la comunidad religiosa: “Que todos sean uno”. Uno de los grandes retos de vuestra vida es ser signos de comunión. La comunidad monástica no es un conjunto de personas que comparten un monasterio, unos horarios y tareas. La comunión nace cuando Cristo se convierte realmente en el centro de toda la comunidad, dejando de lado los personalismos. Allí comienza la unidad. Cuando yo me hago pequeño para que Él sea más grande: “Él tiene que crecer, y yo tengo que menguar” (Jn. 3, 30). La vida contemplativa no consiste en buscar a Dios al margen de los hermanos. Al contrario: la contemplación auténtica genera comunión.
“Para que el mundo crea que tú me has enviado”. Vuestra vida tiene que ser transparente, evangelizadora y testimonial. La unidad no es solamente un beneficio para quienes viven dentro de la comunidad. Tiene una dimensión misionera y evangelizadora. Benedicto XVI afirmaba que las comunidades religiosas pueden ser «signos proféticos de la comunión» cuando están fundadas en la Palabra de Dios, la fraternidad y el servicio. Y señalaba que el monasterio es un lugar privilegiado de unión con Dios y de comunión con el prójimo. Quizá los monjes de la Oliva no estéis llamados a anunciar el evangelio con muchas palabras, pero sí que vuestra vida debe ayudar a que “el mundo crea”. Con vuestra acogida, vuestra fraternidad, desde el regalo de silencio en un mundo de ruidos, desde la paz y serenidad de una celebración, desde vuestro acompañamiento. Un visitante puede recordar que durante unos días sintió que su corazón descansaba. Y quizá ese recuerdo sea el comienzo de un camino hacia Dios. Vuestra vida es un regalo para un mundo necesitado de paz y de encuentro con el Señor. El mundo entra en el monasterio buscando tranquilidad y puede descubrir algo mucho más grande: “El silencio que permite escuchar a Dios” (Benedicto XVI, Audiencia 10-8-2011).
Me gustaría terminar con unas palabras de León XIV, y hacerlas mías, dirigidas en una audiencia a las comunidades contemplativas: «Gracias por el bien inmenso y escondido que hacen a la Iglesia, con su ofrenda, con su oración incesante, con su servicio, con el testimonio de su vida» (30 marzo 2026).
+ Florencio Roselló Avellanas O de M
Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

