Día del cuidado de la creación

Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el pasado 9 de septiembre, en la capilla del colegio Dominicas de la Esperanza de Pamplona, con motivo del Día del cuidado de la creación.


Resulta difícil hablar del cuidado de la creación en España cuando en este año llevamos ya quemadas casi 300.000 hectáreas. Cabe preguntarse: ¿esto es cuidar la creación?, ¿realmente hay conciencia de responsabilidad de cuidar el medio ambiente, nuestro mundo, la creación? Este año celebramos la XI Jornada por el Cuidado de la Creación y el papa León XIV nos invita durante el mes de septiembre a rezar “por el cuidado del agua”. ¡Cuánta agua hemos gastado por no cuidar la creación, por no cuidar nuestros entornos!

Vivimos en un mundo materialista, consumista. Por eso, hasta que no haya una verdadera conversión del corazón seguiremos viendo la tierra simplemente como un recurso que podemos utilizar, los bosques como madera para gastar y espacios de ocio sin cuidar, los animales como objetos de consumo y negocio y el agua como mercancía. Corremos el peligro de olvidar que la creación no es propiedad absoluta, sino espacio compartido necesario para vivir.

El papa Francisco lo expresó con claridad en Laudato si’: «La tierra es nuestra casa común». Y nos recuerda que «el gemido de la hermana tierra» se une al «gemido de los abandonados del mundo». Por eso, cuidar la creación no es una moda ni una cuestión reservada a especialistas ni una preocupación ajena a la fe. A veces parece que la ecología, el cuidado de la tierra, es un tema de los ecologistas y en algunos momentos se convierte en una moda, que a veces se ha ideologizado y, por lo tanto, pierde valor. Como Iglesia debemos ver la creación como un don de Dios, como un talento que Dios ha puesto en nuestras manos para hacerlo fructificar, que será cuidando la creación y protegiéndola.

El profeta Ezequiel en la primera lectura nos presenta un río que da vida, nos dice: “Habrán (las aguas) saneado el mar y habrá vida donde llegue el torrente”. La casa común, la creación da vida si la cuidamos, si la respetamos, como el río de la primera lectura. Si no cuidamos nuestro hábitat, nuestra creación el ser humano sufre, especialmente los pobres. La crisis ecológica y la crisis social están profundamente unidas. Los que más sufren las consecuencias de la contaminación, la escasez de agua y la degradación de la tierra suelen ser precisamente los más pobres y vulnerables.

El mensaje que hemos escrito los obispos de la Subcomisión Episcopal para la Acción Caritativo y Social nos invita a hablar de “semillas de paz y esperanza en la casa común”. Este mensaje nos recuerda que la justicia y la paz están íntimamente relacionadas con el cuidado de la creación. Y advierte que nuestra crisis ecológica es también una crisis moral: cuando perdemos el sentido de la dignidad de la persona y del valor de las criaturas crece nuestra indiferencia hacia los demás y hacia la tierra. El grito de la tierra es el grito desgarrador de los pobres que sufren las consecuencias ecológicas. Este verano, la mayoría de los que han sufrido los incendios en España han sido la gente de los pueblos, muchos de ellos de la España vaciada. Gente sencilla, humilde, que han tenido que abandonar sus casas y sus pueblos. En el bajo Aragón, de donde soy yo, ha habido personas que han tenido que dejar todo, con incertidumbre, para salvar sus vidas, pero han perdido sus bosques, sus campos, sus animales. No nos vayamos a teorías, miremos a nuestro alrededor: la crisis ecológica la pagan y sufren los pobres, los humildes, la gente sencilla.

El evangelio que hemos escuchado es un canto a la creación. Jesús nos invita a detenernos y a recrearnos. La creación es bonita, invita a la vida, al disfrute, a la contemplación, «Mirad los pájaros del cielo…, fijaos en los lirios del campo». Valoramos la creación cuando la perdemos, cuando se le castiga, es entonces cuando nos damos cuenta de su valor. Ya no miramos: utilizamos. Ya no contemplamos: consumimos. Pero quien contempla descubre que la creación es un regalo. El evangelio que hemos escuchado nos invita disfrutarla y vivirla cada día y eso nos llevará a cuidarla, a protegerla.

El papa León XIV, en su mensaje de este año 2026 para la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, insiste en que las crisis ecológicas, las guerras, las injusticias y la violencia no son realidades aisladas. Todas ellas manifiestan, en el fondo, una herida más profunda del corazón humano. Por eso habla de una «conversión del corazón». Y apela a un corazón nuevo, renovado y comprometido. El cuidado de la creación no se solucionará con programas preventivos, con proyectos y leyes nuevas. Tampoco con dinero. Hace falta una nueva conciencia y un corazón nuevo. Una actitud diferente ante la vida, ante el consumo y ante la creación. Nunca he entendido que durante el día seamos cuidadores de la casa común y de noche, cuando salimos de fiesta, actuamos de manera diferente, tirando envases, botellas, líquidos, todo afectando a la creación. Durante el año somos ecologistas, en fiestas vale todo. Y no, hasta que no haya un cambio, una conversión del corazón, nuestro mundo, la creación, no gozará de buena salud.

Quiera terminar con las palabras del papa León XIV en su mensaje sobre el cuidado de la creación, donde nos dice que estamos llamados a avanzar «desde el desierto hacia el jardín, de la división a la comunión y de la violencia a la paz».

 

+ Florencio Roselló Avellanas O de M

Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

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