Virgen de las Maravillas

Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el pasado 8 de septiembre, en el convento de las Agustinas Recoletas de Pamplona, con motivo de la fiesta de la Virgen de las Maravillas.


En muchos lugares de España y del mundo estamos de fiesta: celebramos el nacimiento de la Virgen María. Pero, además, en este Monasterio de las Agustinas Recoletas celebramos la Virgen de las Maravillas. Una devoción que tiene ya 370 años. Una historia que merece ser agradecida a las monjas agustinas. Casi cuatro siglos recordando y rezando a la Virgen de la Maravillas, y todo gracias al esfuerzo y a las puertas abiertas de este monasterio para venir a rezar y pedir a la Virgen de las Maravillas. Gracias hermanas agustinas por cuidar esta devoción que tanto bien ha hecho a la ciudad de Pamplona.

La historia de la Virgen de las Maravillas es una maravilla, permítanme el juego de palabras. Se apareció al vecino hermano carmelita descalzo fray Juan de Jesús, un 14 de septiembre de 1655, en el que, según nos cuentan las crónicas, tuvo una visión desde la azotea de su convento carmelita, que está aquí al lado: contempló a la Virgen sobre la cúpula de la Iglesia de las Recoletas. La priora, sor Josefa de San Francisco, se encontraba gravemente enferma y el religioso había pedido a la Virgen por su salud. La religiosa se recuperó posteriormente. La primera maravilla, la curación de la priora. La segunda maravilla fue el 17 de marzo de 1656, cuando el mencionado carmelita descalzo fray Juan encontró una imagen de la Virgen con el Niño en una casa cercana al convento carmelita, en unas circunstancias extraordinarias o, podríamos decir también, maravillosas. Aunque deteriorada, la imagen fue acogida por el convento de las Madres Agustinas Recoletas de Pamplona.

A partir de estos acontecimientos, desde el año 1656 la Virgen de las Maravillas quedó unida para siempre a la historia del convento de las Agustinas Recoletas de Pamplona. Su nombre nos indica la intervención de María en las vidas de quien ha acudido a ella: una visión, una curación, el inesperado hallazgo de una imagen que era la misma que el carmelita vio en una visión y, finalmente, su llegada al convento de las agustinas. Todo en torno a María eran maravillas de Dios. Imagino que esas maravillas hoy serán más numerosas, porque María sigue estando cercana a la gente y ayudando y regalando maravillas a todos los que confían en ella. Las maravillas no han sido solamente las que se atribuyeron a su intercesión, sino también las incontables gracias, consuelos, conversiones, favores y esperanzas que, siglo tras siglo, los fieles han depositado ante su imagen. Viendo la devoción a la Virgen de la Maravillas puedo pensar que María sigue presente en muchos hogares de Pamplona y Dios, intercediendo en ellos a través de la Virgen.u

Aunque María es la Virgen de la Maravillas, y su nombre indica todo gracia, favor e intervención de Dios en su vida, no estuvo exenta de dificultades: anuncio inesperado de la maternidad, “no tenían sitio en la posada”, pobreza de Belén, persecución y huida a Egipto, presentación de Jesús en el templo, “una espada te traspasará el alma”, la cruz. Pero tuvo algo mucho más grande, como fue la confianza absoluta en Dios.

En el evangelio hemos escuchado, en el cántico del Magníficat, que María se sintió tocada por las maravillas de Dios y quiere compartirlas con su prima Isabel. Por eso sale a su encuentro. Ella, también embarazada, no se guarda ni se protege, se muestra generosa con su prima Isabel, mayor que ella. No convierte la gracia recibida en privilegio personal. La convierte en servicio. No guarda a Dios para sí. Y cuando llega a casa de Isabel ocurre algo extraordinario: el niño salta de alegría en el seno de su madre, Isabel queda llena del Espíritu Santo. Recibir las maravillas de Dios es compartir, es salir al encuentro y compartir esas maravillas con la gente.

En casa de su prima Isabel, María le comparte las maravillas que Dios ha hecho en su vida, cantando: “El Poderoso ha hecho obras grandes por mí, su nombre es santo”. María siente que Dios ha hecho maravillas, ha sido tocada, elegida para ser madre de Dios. Lo que María llama “obras grandes”, nosotros lo llamamos maravillas, gestos, favores. Lo que María dice “ha mirado la pequeñez de su esclava” nosotros lo llamamos maravillas. María es la que recibe “obras grandes” del creador, pero luego ella se convierte en la que hace maravillas por la gente, por su prima Isabel, por sus devotos. María no se guarda nada para sí y todas las maravillas que recibe de Dios las comparte y regala con su prójimo.

María sabe que la maravilla no está en ella, el mérito de ser madre de Dios no es de María, sino de Dios, que ha obrado maravillas en ella. Estas palabras del Magníficat de María tienen un doble reconocimiento de las maravillas que Dios ha hecho, primero en su vida, pero también en la vida de los pobres, de los humildes, de los hambrientos. María elabora un bello canto de todas las obras, de todas las maravillas que Dios ha hecho en la vida de la gente.

Esta tarde venimos a ponernos a los pies de nuestra Madre, ante la imagen de la Virgen de las Maravillas de este monasterio, a pedirle que Dios haga maravillas en nuestra vida, como hizo en la de ella. Porque cuando nosotros miramos esta imagen, queremos hacer también nuestro el canto de María.

 

+ Florencio Roselló Avellanas O de M

Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

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