800 años de la muerte de San Francisco de Asís

Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el apsado 10 de octubre, en la Catedral de Santa María la Real de Pamplona, con motivo de los 800 años de la muerte de San Francisco de Asís.


Queridos hermanos y hermanas de la familia franciscana, consagrados y consagradas, miembros de la Tercera Orden Franciscana Seglar, amigos y amigas que seguís el carisma de san Francisco.

La muerte de san Francisco de Asís, en los 800 años de su muerte, ha reunido a las diferentes familias religiosas con espíritu franciscano y a laicos interpelados por el santo revolucionario. Hacer nuestra oración en la catedral de Pamplona es invitar a toda la diócesis a vivir el espíritu franciscano desde la comunión y desde la sinodalidad.

Francisco, con su renuncia, inicia una revolución. El Señor le deja “tocado” cuando le dice: “Francisco, repara mi Iglesia”. Desconcertado por este encargo, reaccionó cuando entendió que no eran las piedras lo que había que reparar, sino los corazones de las personas. Ahí comenzó su verdadera misión. San Francisco nos llama a reparar una Iglesia que busca conservarse, que está encerrada en sí misma. Reparar una Iglesia a la que le cuesta acercarse a las periferias, y que salga de sus seguridades. Francisco nos llama a restaurar una Iglesia pobre para los pobres, como le dijo el cardenal Hummes al papa Francisco cuando fue elegido sumo pontífice.

Para entender la celebración hemos de ir al evangelio del lavatorio de los pies y a la vez al testimonio conmovedor de la Vida Segunda, de Tomás de Celano, sobre los últimos instantes de Francisco que nos han leído. Paralelismo entre Jesús y san Francisco: Jesús se quita el manto; Francisco, el sayal, los dos para servir. El evangelio nos presenta a Jesús despojándose del manto, de la realeza. Se hace pequeño, toma la toalla y se la ciñe. Se inclina, lava, sirve, besa los pies, mira a los ojos y redime. Francisco, ante su padre y el obispo de Asís, renuncia públicamente a sus bienes y se queda desnudo. Se despoja, como Jesús, para servir mejor, para amar más. Francisco revolucionó el mundo desde la pobreza, desde la sencillez, la fraternidad y la paz. Ambas escenas se funden en una sola: la del amor que no retiene nada para sí, que se entrega hasta el extremo. Un amor que no conoce límites.

Francisco nos llama a despojarnos y no solamente de las ropas. Francisco se despoja de una identidad, de unas seguridades, de un futuro que otros habían diseñado para él. Se despoja de ser rico, reconocido y poderoso. Su verdadera riqueza está en Dios y en los hermanos. Para participar de esta celebración conviene preguntarnos de qué nos despojamos, qué dejamos atrás. Francisco nos recuerda que la pobreza evangélica no consiste en tener menos, sino en ser más libres, sin ataduras, para amar más. En una sociedad llena de escaparates para saciar nuestra hambre de dinero, de poder, Francisco nos dice que miremos al leproso que camina a nuestro lado, al inmigrante que es rechazado, al abusado que quiere ser redimido. Francisco nos llama al despojo radical.

Ante esta renuncia y opción radical por la pobreza, en ocasiones se nos ha presentado un Francisco frágil, débil. A los ojos del mundo, un joven que renuncia a todo, que enferma gravemente, que sufre en su cuerpo las llagas de la pasión y que camina encorvado por el sufrimiento físico y la ceguera podría parecer un fracasado. Es en esta fragilidad donde Francisco manifestó su verdadera fuerza. Precisamente porque nadie optó por este camino, porque fue revolucionario; ahí radicó, no su debilidad, sino su fuerza.

En un mundo polarizado necesitamos la paz de Francisco. Miramos al mundo, a nuestro país, a Navarra y vemos un mundo enfrentado, dividido. El papa León XIV, en su visita a España, dijo en el Congreso: “La firmeza no exige el desprecio, la discrepancia no conlleva la humillación”. Ante este panorama preocupante, la paz de Francisco es el camino urgente y necesario. Francisco no fue un luchador ingenuo, recorrió los campos de batalla, llegó hasta Egipto para dialogar con el sultán, como nos dice Fratelli Tutti. Su saludo característico no era buenos días, sino un saludo fraternal: «El Señor te dé la paz». La paz franciscana no es la simple ausencia de conflicto, sino el fruto de la justicia, de la reconciliación y la fraternidad universal (Fratelli Tutti). Francisco nos anima a ser artesanos de paz allí donde hay división. Nos enseña a desarmar el lenguaje, a mirar al otro no como a un enemigo al que hay que vencer, sino como a un hermano al que hay que amar. En un tiempo polarizado, ser franciscano es ser un puente, nunca un muro.

Francisco imitó a Cristo en la vida y en su muerte. Tomás de Celano, en el texto que hemos escuchado, nos narra que habiendo perdido la voz corporal, Francisco pidió que lo colocasen desnudo sobre la tierra fría de la Porciúncula. Se había despojado de sus hábitos pobres, había entregado su cuerpo al dolor de las llagas y de la enfermedad y ahora se entregaba a la tierra desnuda, imitando al Crucificado. Cristo, desnudo en la cruz, con un pequeño trapo, se entregó al Padre despojado de todo. Francisco y Jesús murieron desnudos, porque desnudos salieron del vientre de su madre y desnudos volverán al Padre.

Celebrar los 800 años del tránsito de san Francisco es avivar el fuego que él encendió, es actualizar su vida hoy. La misión nos envía a reparar la Iglesia, desde la pobreza y el compromiso con los pobres. Nos empuja a lavar los pies despojándonos de nuestras ropas y mantos, centrándonos en las personas necesitadas. Nos envía a ser constructores de paz, a trazar puentes y derribar muros. A poner palabra y diálogo en la discrepancia, a romper la polarización. La vocación franciscana nos llama a ser provocadores de un nuevo mundo de amor, misericordia y solidaridad.

 

+ Florencio Roselló Avellanas O de M

Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

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