Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el pasado 29 de junio, en la parroquia de Lodosa, con motivo de la clausura del curso de los colegios diocesanos de la Diócesis.
Celebramos nuestro encuentro en la solemnidad de los santos Pedro y Pablo. Al revisar nuestra vida, nuestro trabajo en los colegios diocesanos, la Iglesia nos invita a detenernos hoy en estos dos grandes apóstoles como testigos de una vida entregada al evangelio. Su ejemplo, también de docentes, pues fueron grandes evangelizadores, ilumina de una manera muy visual la misión educativa que realizamos en nuestros colegios diocesanos.
Al terminar el curso es obligado hacer balance del año vivido y trabajado: proyectos que han salido adelante, dificultades que han exigido paciencia, problemas para los que no hemos encontrado solución, alumnos que han crecido, familias que han confiado en nosotros, retos que permanecen abiertos. Pero la liturgia de hoy nos invita a ir más allá de un balance organizativo. En esta revisión nos preguntamos por el fundamento de nuestra misión. Mirando a san Pedro y san Pablo, nos invita a preguntarnos sobre quién estamos construyendo nuestro trabajo y nuestros colegios. ¿Qué y quién sostiene verdaderamente nuestro trabajo? ¿Cómo anunciamos el evangelio en nuestros colegios?
Porque no olvidemos que estamos en centros religiosos, diocesanos. Estos no existen simplemente para ofrecer un servicio educativo de calidad —que debe ser excelente—. Existen porque la Iglesia quiere anunciar el Evangelio también a través de la educación. Cada aula, cada pasillo, cada patio, cada despacho, puede convertirse en un lugar donde un niño o un joven descubra que Dios le conoce por su nombre y que su vida tiene un sentido.
Eso exige de nosotros coherencia. Los alumnos aprenden mucho más de lo que ven que de lo que oyen. Recordarán quizá pocas explicaciones, pocas palabras, pero difícilmente olvidarán la acogida de un profesor, la cercanía de un tutor, la paciencia de un educador, la sonrisa del personal de administración, el cuidado del personal de mantenimiento o la disponibilidad de quien trabaja discretamente para que todo funcione. Y aquí tendremos la respuesta a la pregunta sobre quién se asientan nuestros colegios: se asienta en la vida que transmitimos.
El evangelio nos sitúa en Cesarea de Filipo. Jesús formula una pregunta que atraviesa los siglos: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Pedro, con valentía, responde diciendo: “Tú eres el Mesías, el hijo de Dios vivo”. Pedro fue valiente anunciando a Jesús y entregando su vida por el Mesías. Ni la pregunta ni la respuesta es una cuestión reservada a los apóstoles. Es una pregunta dirigida también a cada educador cristiano. Como ya he dicho antes, un colegio diocesano no se distingue únicamente por la calidad académica, por la innovación pedagógica o por sus proyectos educativos, siendo todo ello importante y necesario. Su identidad nace de una respuesta viva a esa pregunta. El profesor, el educador cristiano, debe ser capaz de responder a esta pregunta y ser capaz, y valiente, de decirle a sus alumnos quién es realmente el Hijo de Dios. Pedro responde con una confesión de fe sencilla y extraordinaria: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Jesús no le felicita por su inteligencia, sino porque ha acogido un don del Padre. La fe siempre es un regalo antes que una conquista. Si nos hiciesen a nosotros esta pregunta, ¿qué responderíamos hoy?
Me gustaría que todos pudiéramos hacer nuestras, al final de este curso, las palabras de san Pablo en la segunda lectura: “He peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe” (2Tim. 4, 7). El apóstol contempla su existencia con admirable serenidad. No enumera éxitos. No habla del número de comunidades fundadas ni de sus viajes misioneros. Dice simplemente que ha trabajado, que se ha entregado y que ha mantenido la fe. Esa podría ser la mejor declaración de todos vosotros en este día: que os habéis entregado y, como creyentes y trabajadores de un colegio diocesano, habéis mantenido la fe; es decir, la habéis vivido en vuestra vida personal y la habéis transmitido a vuestros alumnos.
Pero también, en esta reflexión, quiero poner en valor una palabra importante: GRACIAS. Quiero reconocer vuestra entrega y vuestro compromiso en y por nuestros colegios diocesanos. Gracias por vuestra vocación educativa. Gracias por vuestro trabajo, muchas veces silencioso y poco reconocido. Gracias por las horas que no aparecen en ningún horario. Gracias por vuestra paciencia con los alumnos más difíciles. Gracias por el diálogo con las familias. Gracias por seguir creyendo que educar merece la pena incluso cuando los frutos tardan en aparecer. Gracias porque educar, especialmente en una escuela de la Iglesia, nunca consiste únicamente en transmitir conocimientos. Educar es acompañar vidas. Es sembrar esperanza. Es ayudar a descubrir que cada persona ha sido creada por Dios y está llamada a una vida plena.
Que los santos Pedro y Pablo intercedan por nuestra diócesis de Pamplona y Tudela, por nuestros colegios diocesanos, por sus comunidades educativas y por cada uno de vosotros. Que nos concedan una fe firme como la de Pedro, un corazón misionero como el de Pablo y la alegría de seguir anunciando a Cristo con nuestra palabra y con nuestra vida.
+ Florencio Roselló Avellanas O de M
Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

