Homilía pronunciada por el Arzobispo don Florencio Roselló, el pasado 31 de agosto, con motivo de la fiesta de San Ramón Nonato
Queridos sacerdotes, mercedarios, autoridades, hermanos y hermanas:
Es para mí una profunda alegría volver de nuevo a este santuario y a este pueblo para celebrar la fiesta de nuestro patrono, san Ramón Nonato. Durante muchos años vine aquí como religioso mercedario, compartiendo con vosotros esta celebración, rezando ante el santo, encontrándome con mis hermanos mercedarios y con personas que mantienen viva esta devoción y tradición. Hoy vuelvo como arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela, pero sobre todo vuelvo como mercedario, hijo de la Orden de la Merced y hermano vuestro en la fe.
Quiero que esta fiesta nos hable de libertad, de justicia y solidaridad, de seguir el legado de san Ramón. Los mercedarios nacimos con una misión muy concreta: liberar. En el siglo XIII se trataba de rescatar a los cristianos cautivos. Hoy seguimos llamados a la misma misión, aunque las cadenas hayan cambiado. Porque también en nuestro tiempo, en nuestra sociedad, existen muchas esclavitudes: las adicciones, la pobreza, las víctimas de trata, gente en prisión, migrantes en busca de un futuro mejor… La Merced está llamada a ser protagonista de muchas situaciones injustas en nuestra sociedad y a convertirse en puerta de la libertad.
Hoy los mercedarios hemos entendido que esas cadenas están en la gente que está en las cárceles. La Virgen de la Merced se presenta como la esperanza de muchos hombres y mujeres que están en prisión y la Merced se convierte en ese faro de esperanza para comenzar una nueva vida. Los mercedarios caminan por las prisiones de Cataluña, de España y del mundo abriendo nuevos horizontes para vidas rotas y desesperadas. Hoy la Merced se entiende en las cárceles, en acciones que eviten el ingreso en prisión y en hogares de acogida donde poder empezar una nueva vida. La Merced se presenta como nuevo futuro para superar la prisión y disfrutar de una libertad, que es regalo de Dios.
San Ramón predicó con el ejemplo y así se ofreció para ir a tierra musulmana a liberar a cristianos cautivos, en unas condiciones difíciles y exigentes. Sabemos que llegó incluso a ofrecerse como rehén para garantizar la libertad de otros cautivos. Su entrega fue tan radical que sufrió persecución y violencia. La tradición nos recuerda que le cerraron la boca con un candado para impedirle predicar la fe cristiana. A pesar de todos los martirios a los que fue sometido no pudieron callarle y siguió predicando la fe.
El testimonio de san Ramón choca con la realidad actual. La Iglesia, el evangelio, ha perdido la calle. En ella no se habla nada de religión, la fe no existe en la calle ni en la sociedad. Se nos quiere encerrar en las iglesias, cuando el evangelio es libertad, es testimonio. Necesitamos la valentía de san Ramón Nonato para dar testimonio del evangelio, para superar temores y complejos de presentarnos ante el mundo como hombres y mujeres de fe. San Ramón fue adorador eucarístico, siempre se le presenta con la custodia en la mano. Por eso, viendo su vida podemos decir, como nos dijo el papa León XIV en Madrid, que la adoración que no desemboca en la misión queda incompleta. San Ramón adoró a Cristo y, precisamente por eso, salió al encuentro del cautivo, arriesgó su vida y convirtió su fe en compromiso concreto por salvar vidas. San Ramón salió del templo para ir a tierra de misión a anunciar el evangelio y a anunciar la libertad. León XIV animaba a salir a la calle, decía: “Él no permanece encerrado en el templo, sino que sale a nuestro encuentro. Jesús camina por las calles, atraviesa las plazas, visita nuestros barrios, habita los lugares de nuestra vida cotidiana” (Madrid 7-6-26).
San Ramón se nos presenta como protector de las madres embarazadas, pues él mismo vivió la muerte de su madre, estando en su seno. Aparece como el patrón de las mujeres gestantes, embarazadas. De esta manera también aparece como defensor de la vida naciente, de la vida concebida, frente a las corrientes actuales de seleccionar quién puede y quién no puede nacer. El papa León XIV en su visita a España lo recordó en el Congreso de los Diputados cuando dijo: “La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización. Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia” (8-junio-2026). El papa subrayó que la defensa de la vida no solo es una cuestión de fe, sino una meta de la civilización, de la sociedad. La defensa de la vida es una cuestión de humanidad y de derechos humanos.
Como mercedario me siento orgulloso de que todos los años la comarca de la Segarra se detenga para honrar a san Ramón. Pero ese orgullo se convierte inmediatamente en responsabilidad. Porque honrar a san Ramón no consiste solamente en admirarlo, consiste en imitarlo. Esta fiesta nos interpela y cuestiona nuestra vida. Imitar la vida de san Ramón Nonato es preguntarnos qué hago por la libertad de las personas que me rodean, cómo defiendo la vida humana, la vida desde su concepción hasta su ocaso natural, y cómo hago presente la fe en la calle, en la sociedad, en el ambiente que vivo cada día.
+ Florencio Roselló Avellanas O de M
Arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela

